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Domingo, 27/09/2020

Lo que es de todos

Somos tan exigentes con el gobernante como poco respetuosos con lo público. Maleducamos a nuestros hijos en el desprecio hacia los bienes colectivos y de ahí, pienso, que no los reprendamos cuando tiran un chicle al suelo, lanzan por la ventanilla una lata de cola o dejan la mierda del guto en las a

Somos tan exigentes con el gobernante como poco respetuosos con lo público. Maleducamos a nuestros hijos en el desprecio hacia los bienes colectivos y de ahí, pienso, que no los reprendamos cuando tiran un chicle al suelo, lanzan por la ventanilla una lata de cola o dejan la mierda del guto en las aceras. Es como si el quebranto de las normas que sostienen la civilización fuese una manera –bastante estúpida- de protestar por el precio de la luz, el sueldo de los ministros o por no llevar la vida loca de Blesa.

No sé en Helsinki, pero lo que es nosotros practicamos la protesta contra lo que ciertamente es injusto dándonos puntapiés en nuestro propio culo. Somos un desastre: todo lo queremos gratis y ya, nos creemos superiores al funcionario que nos atiende y nos sentimos merecedores de honores y subsidios sin pararnos en la importancia del respeto y el esfuerzo o lo diferente que sería todo a poco que cumpliéramos con los mínimos que exige la vida en sociedad.

El jueves fue cuando vi cómo se afanaba un operario de la limpieza en despegar la pléyade de chicles fosilizados que ponían la guinda a la calle Tenorio. El hombre rascaba con un instrumento que alguien ha debido idear solo para tal menester. Sudaba y ponía todo el empeño en borrar las pruebas de la pésima educación de unos pocos a los que yo castigaría realizando tareas sociales al sol pelón y en festivo, cuando más gente los viera. Está claro que estas conductas exigen respuesta policial y palo en el bolsillo.

Lo peor es tener que callarse, pues si se te ocurre amonestar al infractor, éste por poder hasta puede escupirte el chicle a la cara o lanzarte el refresco a la calva. Se me viene a la memoria una mañana de hará como dos años. Una anciana llamaba la atención de modo más educado de lo que la ocasión exigía, dicho sea de paso, a un tipo que dejó a su puerta un detalle perruno como de kilo y medio. Cuarto tramo de la calle de la Bola. Temprano era. “Por favor, hijo…”, dice la abuela. “¡Te quieres callar! Todas las mañanas igual…”, soltó el mocito pinturero. Asco daba el tuteo. Intervengo, y tal vez por conocerme de la tele o porque le saco una cuarta, apretó el paso, dobló la esquina y tironeó con tal violencia que casi desnuca al perro. Juro que la buena mujer podría ser abuela del tarado. Y juro que la señora entró en su casa, tomó unos periódicos y como quien sigue un ritual mil veces repetido, cubrió la plasta. “No merece la pena enfadarse. Yo la tapo día sí, día también, y por lo menos ya no la pisan las criaturas”, dijo. Alguien de SOLIARSA completó la limpieza poco después.

Estos incívicos, estos maleducados, estos acomplejados son los mismos que les robaban el bollycao a los más pequeños: súbditos de sus miserias nunca llegarán a ser ciudadanos. Alguien, y con razón, se preguntará si yo no infringí nunca las normas, a lo que contesto que sí, desde luego que superé los límites de velocidad –poquísimas veces, la verdad- y aparqué encima del bordillo o en zona de descarga, pero nunca tiré chicles al suelo ni maltraté los columpios de los críos, y menos aún tuteé a las ancianas. Lo de la mierda del perro ni por asomo, pues las recogía incluso cuando éramos tres chalados los que lo hacíamos en aquella España donde se consideraba típico colgar galgos de los olivos y donde era normal que los paseos la petaran de excrementos.

No sé si mis alumnos han aprendido mucha o poca Música en estos diez meses, aunque confío que sí. Me conformo con que Mozart y Falla, el señor Beethoven y el gran Verdi fuesen excusa para ser mejores personas, mejores ciudadanos, hombres y mujeres que valoran lo que es de todos y que no van dejando “regalitos” a las puertas de las ancianas. Las notas solo son números; la Música está escrita en la mirada de las abuelas.


Yo, en tanto llega el nuevo curso, seguiré recogiendo las mierdas de los cinco vecinos que no se enteran de que además de ellos estamos nosotros, los gilipollas que sí cumplimos con las normas. Pobres perros con tales amos…

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