Actualizado: 14:43 CET
Lunes, 21/09/2020

Aquí mandan los que mandan

Y más aún en esta fresca mañana, que más parece de finales de marzo que día de san Antonio, santo casamentero donde los haya y propiciador de posibles bodorios entre partidos políticos. Todas las miradas están puestas en el pleno de investidura del que tiene que salir, sí o sí, una alcaldesa –con el

Y más aún en esta fresca mañana, que más parece de finales de marzo que día de san Antonio, santo casamentero donde los haya y propiciador de posibles bodorios entre partidos políticos. Todas las miradas están puestas en el pleno de investidura del que tiene que salir, sí o sí, una alcaldesa –con el plácet del alcalde eterno- dispuesta al más difícil todavía de gobernar una corporación donde las deudas de unos se suman a las de los otros.

Pero yo sigo esperanzado en que de un pleno tan variopinto tal vez salgan soluciones a un presente que se desmorona en igual medida que la cuesta de Santo Domingo. Porque eso, el futuro es lo que nos jugamos. El discurso de ayer no sirve. Las palabras vacías ya no dicen nada. Vivimos el momento de exigir de nuestros concejales eso que los cursis llaman “altura de miras” y que no es más que sentido común a la hora de ponerse de acuerdo en cinco o seis cosas, no más.

Porque o bien nos unimos para sacar a Ronda de la ruina o pasaremos otros cuatro años sumando parados. Entenderse en unos mínimos es posible y más necesario que nunca, pues sólo con imaginación conseguiremos que nuestros hijos abandonen el sofá. No caben más guerras puerilmente partidistas. Llegó la hora de la política. La juventud espera que los 21 que hoy se colocan el pin de concejal abandonen miserias y cainismos y se pongan a hacer ciudad.

Si alguien me pregunta por pactos y huidas, cornamentas y bodas, pues la verdad es que no me atrevo a vaticinar nada. Con cinco grupos en danza y conociendo los odios que se tienen entre sí los líderes de cada partido, aquí hoy puede llegar D. Mendo y salir cualquier cosa. La política local nos ha dado ya sorpresas bastantes como para que uno lo espere todo. Cualquier desatino, por extraño que resulte, es tan probable como posible. Los intereses son tantos que del pleno de investidura lo mismo pueden salir coplas que peteneras. Aún así, me centraré en los movimientos últimos y trataré de explicar los traspiés que fue dando el PA desde que quedaran con menos votos que Marín Lara, ahí les duele.

Después de pasearse por las distintas sacristías, el PA acabó amarrado a su pasado más reciente. Pudimos saber que solo días antes de llamar a la puerta del PP, Isa Barriga había mantenido ciertos escarceos con un PSOE en horas bajas. En esas andaba la tropa andalucista, que ya se veía pillando cacho en un triunvirato PSOE-PA-IU, cuando don Álvaro Carreño tiró de asamblea a lo Lenin en San Petersburgo y selló la negativa a cualquier acuerdo con Valdenebro. ¡Horror! Tiempo le faltó a Isa para cambiar de trinchera e iniciar negociaciones con un PP que no terminaba de asumir el peso de los cuernos.

Y todo iba bien. Y se las prometían felices. Tú pones por aquí, yo meto allí. Déjame esto, toma aquello. Risitas por lo alto, navajas por debajo. Miel sobre hojuelas, repito, hasta que sacaron el Plan General de Ordenación Urbana. Ahí fuera Troya, ahí es donde fue el cuando, amigo Sancho, ahí es donde las mieles se volvieron hieles y las cañas lanzas. Mentar el PGOU mientras negociaban un acuerdo de gobierno PP-PA fue el acabose y fue lo mismo que mentar la soga en casa del ahorcado, no tardando en asomar el Cobrador del Frac con el listín de especuladores tiesos por haber confiado su capital a unos mostrencos que prometían lo que no podían.


Esa es la realidad. Aquí todito se consiente mientras no se toque la maraña de intereses que define un PGOU que pudiera seguir en manos de grupos extraños a la ciudad, poderos lobbies que no quieren dar por perdidos los dineros que gastaron ayer en operaciones que se fueron al garete, miles de millones, parece ser, en algunos casos. Al buen entendedor, pocas palabras.

Mal empezaría la jota si los intereses del poderoso se ponen por encima de las expectativas de la gente corriente. ¿Que no? Juren entonces que se acabaron los trapicheos, juren que el PGOU se redactará a la luz del día, juren que harán oposición y tal vez así consigan que creamos sus palabras de cambio y transparencia.

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