Actualizado: 23:33 CET
Miercoles, 16/10/2019

Espejos black

Quien las llamó black lo clavó, porque igualaban a todos los que las tenían....


Hay objetos que traspasan la condición de objetos para convertirse en iconos de un movimiento, una época o un país. Por ejemplo, la motocicleta Vespa encarnó el modelo italiano de la dolce vita, o en Estados Unidos el icónico -sobre todo para los defensores de las armas- rifle Winchester, en el que los yanquis cifraban su capacidad para levantar una nación desde el polvo del salvaje Oeste. En España también tenemos nuestros objetos icónicos, como el famoso Seiscientos, ese coche donde la dictadura quiso hacernos creer que montaba a este país para viajar hacia el crecimiento económico, el bienestar y el progreso de una sociedad de posguerra famélica.

Lo material para hablar de lo inmaterial de las sociedades, objetos que por diversas razones se erigen en piedras rossetas donde descifrar nuestra manera de pensar, actuar, sentir, crear, amar, pero que también descubren lo peor de la condición humana y de algunos modelos sociales degradados; objetos que nos muestran cómo somos, o fuimos, y nos hacen dudar de si volveríamos a cometer los mismos errores.

He reflexionado sobre esto al calor del escándalo de las tarjetas black de Caja Madrid, que vistas desde esta perspectiva, y pasados unos años ya, vienen a convertirse en uno de esos objetos icónicos que dicen mucho -más de lo que querríamos- sobre lo que fuimos hace muy poco tiempo, cuando nos dejaron creer que podíamos vivir como soñábamos vivir. En ese museo de los horrores de la época de la burbuja inmobiliaria, la especulación y los expolios a las arcas públicas, junto al aeropuerto de Castellón, la macro urbanización de Seseña, el sumario del Caso Malaya y otras piezas de coleccionistas de barrabasadas y sinvergonzonerías, habría que colocar en un lugar privilegiado las tarjetitas black de los consejeros de Caja Madrid. Son un icono de la inmoralidad y del abuso, de la hipocresía y del egoísmo, de la prostitución de los cargos y de la compra de voluntades; es aberrante que mientras los consejeros gastaban cientos de miles de euros en lujos y excentricidades, que no declaraban ni tributaban, sus empleados estuvieran siendo obligados a vender preferentes a curritos y jubilados, que invertían sus ahorros en una gran patraña. Quien las llamó black lo clavó, porque igualaban a todos los que las tenían, ya fueran consejeros nombrados por la caja, los partidos políticos, los sindicatos o la patronal, tiñéndolos del negro de la inmoralidad, cubriendo con un manto opaco sus conciencias aún sabiendo que aquello no estaba bien. Eran los mismos chacales con distintos collares y con una black en el bolsillo, depredadores con piel de cordero que no tuvieron el más mínimo reparo en llevar a la entidad a la bancarrota.

En esto casi todos estamos de acuerdo, pero mis reflexiones me han llevado a esas zonas black -como las tarjetas- de mi conciencia, donde no he podido evitar la pregunta de qué hubiera hecho yo con una de ellas en mi cartera. Sobre el papel, como usted, diría que no hubiera gastado esas cantidades escandalosas, aunque en lo más profundo de mí siempre quedará la duda. Y es que este modelo económico consumista en que vivimos fomenta estos debates internos con nosotros mismos al mostrarnos como valores absolutos el yo y el dinero, es decir, el egoísmo. Poco a poco ha ido socavando las barreras morales y éticas de las personas -si alguien devuelve una bolsa de dinero, le tachan de tonto-, subvirtiendo los valores y sustituyendo los principios más humanistas por otros mercantilistas y utilitaristas. Si algo me provoca placer rápido y sin esfuerzo es bueno, es el silogismo actual, del que hemos eliminado la parte del otro: no nos planteamos si eso afecta o no a otras personas, si perjudicamos a alguien.

Llegué a la desoladora conclusión de que las tarjetas black, además de iconos, son unos pavorosos espejos que pueden llegar a reflejar el peor rostro de esta sociedad, o por lo menos el mío. Así que solo me queda seguir perseverando y fortaleciendo eso tan vilipendiado por este sistema como es la moral, no vaya a ser que un día me vea en una situación parecida a la de las tarjetas y llegue a sentir asco de mí mismo por haberme convertido en una hiena inmoral e inhumana.

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