El Padrino

Publicado: 19/03/2012
Se han cumplido cuarenta años del estreno de El Padrino, peliculón donde los haya de Francis Ford Coppola, basada en la novela de Mario Puzo. Y son muchas las referencias y celebraciones que se están produciendo en el mundo del séptimo arte. Desde el punto de vista cinematográfico me adhiero a todas ellas, naturalmente. Me pregunto, sin embargo, si el Padrino, como personaje, como Vito Corleone, como el Don, es sólo una ficción literaria o existe de verdad, aunque sólo sea en nuestras mentes.


La película comienza con una conversación entre el Padrino y un antiguo amigo llamado Bonasera. Éste le cuenta a Don Vito cómo su hija, una niña preciosa, ha sido salvajemente agredida por unos indeseables que intentaron violarla. Explica que, como buen ciudadano, acudió a la policía para denunciar el caso. Los agresores fueron detenidos y llevados ante el Juez. El Juez, a su vez, les aplicó la ley, condenándolos a penas de prisión pero, aplicando la misma ley, los puso en libertad el mismo día, concediéndoles la libertad condicional. Cuenta Bonasera a su Don que se quedó en la sala del Tribunal, pasmado, viendo cómo los delincuentes, encima, se reían de él. Y cuenta Bonasera cómo dijo a su mujer una frase que no admite desperdicio: “la justicia nos la hará Don Corleone”. En resumen, Bonasera pide a Don Vito que haga la justicia que no hacen las leyes, y que use su inmenso poder para que los violadores de su hija reciban un castigo. Don Vito accede a la petición que le formula Bonasera, pero antes le hace ver el valor de la amistad y le exige reciprocidad: te ayudo porque tú me ayudarás cuando lo necesite. En la película no se ve más. En la novela sí se describe la brutal paliza que recibieron los agresores de la hija de Bonasera de manos de unos matones a sueldo, profesionales, sin especial entusiasmo en su trabajo. No sé si Mario Puzo y Coppola se inspiraron en La República o El Estado, de Platón, para poner encima de la mesa dos concepciones distintas de las leyes y de la Justicia, con mayúsculas. Sólo sé que hoy día, cuarenta años después, basta con leer el periódico, escuchar la radio o ver las noticias de sucesos de cualquier telediario para oír, si te concentras, de fondo, a lo lejos, una voz calmada y ronca que habla de la diferencia entre lo legal y lo justo. Una voz amiga de sus amigos.

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