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Lo que queda del día

?West side story?, una película por la que no pasa el tiempo

Esta semana se han cumplido 50 años del estreno del inolvidable musical

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‘West side story’ supuso la reinvención absoluta del musical desde la contribución de talentos como los de Leonard Bernstein, Stephen Sondheim, Jerome Robbins y Robert Wise, piedras angulares de esta obra maestra vigente, inolvidable e imprescindible.


Esta semana se ha conmemorado el 50 aniversario del estreno de West side story, uno de los musicales más populares de la historia del cine, a la par que una de las mejores películas de todo el siglo XX. Sin embargo, dicho así, bajo el tono reduccionista de los epígrafes, como si aspirara a formar parte de un coleccionable, apenas se alcanza a asimilar la verdadera trascendencia de una película que no fue fruto de la casualidad, sino de la suma de talentos que supieron dar forma y sentido a una obra que, medio siglo más tarde, sigue tan vigente y atractiva como el día de su premiere, como si apenas hubiese pasado el tiempo. Esa ha sido, y sigue siendo, su gran contribución al cine como espectáculo de masas, su capacidad para forjar un vínculo emocional que se extiende ya por varias generaciones rendidas a su historia, sus personajes y, por supuesto, su música. Pero la contribución de West side story va mucho más allá, y hay que situarla en dos contextos históricos determinantes: el primero, eminentemente cinematográfico, el del fin de los días del musical como género popular, al que hizo frente con una propuesta que abrió nuevas posibilidades a su pervivencia mediante la incorporación de novedosos sonidos -aquí se imponen y combinan las bases jazzísticas y los ritmos latinos- y un nuevo concepto de la coreografía que traslada el espectáculo a las calles, a escenarios naturales, y con miras expresivas más atrevidas e innovadoras. El segundo, sociológico; porque la película no se limita a mostrar la rivalidad entre dos bandas callejeras, sino a mostrar la realidad de cada una de ellas y la forma en la que se ven moldeadas por las circunstancias económicas, raciales, delictivas... con las que han empezado a convivir -la canción dedicada al agente Krupkee es antológica al respecto y sigue hoy tan vigente como entonces-.
Pero, como decía, todo eso no se consigue fruto de la casualidad, sino de la implicación directa de una serie de talentos emergentes en su día entre los que estaban Leonard Bernstein, autor de la partitura, Stephen Sondheim, autor de las letras, Jerome Robbins, coreógrafo, Robert Wise, director del filme, Ernest Lehman y Arthur Laurents, guionistas, Saul Bass, autor de los créditos finales, y un reparto inolvidable encabezado por Richard Beymer y Natalie Wood y magistralmente secundado por Rita Moreno, George Chakiris y Russ Tamblyn.
El resultado fue una película tan deslumbrante en su aspecto visual y emocional, como incisiva en su retrato de una sociedad que empezaba a convivir con los problemas de la era moderna y la globalización.

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