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Lunes, 28/09/2020

El imbécil de turno

Hubo una vez un aprendiz de escritor que quedó prendado con la escurridiza agilidad de tú pluma.
Con la inestimable habilidad que la naturaleza te ha dotado para retratar en plano corto cada frase que escribes, y con la sencillez plástica que amontonas en la trastienda de tú creatividad para acunar un párrafo cualquiera, mientras mantienes en vilo al lector hipnotizado.

Podría radiografiar de carretilla tú gestación literaria desde aquel desencantado Húsar Frederick Glüntz, que incubaste a tus treinta y cinco años, hasta los bombazos de El asedio, donde de nuevo, los morriones franceses toman protagonismo en tu embeleso por la baja Andalucía, prima donna del elenco de tus creaciones.

Podría hablarte de los ratos interminables que he pasado con tus libros abiertos mirando al infinito tratando de poner cara a don Jaime de Astarloa en El maestro de esgrima o a Tánger en La carta esférica antes que Pedro Olea e Imanol Uribe quebraran esos rostros imaginados poniéndoles semblante legítimo en el vasto perímetro luminoso de los lienzos cinematográficos.


Podría relatarte la cantidad de sesiones pseudo-masoquistas que consumí inútilmente fantaseando con la remota posibilidad de llegar a escribir una sola novela con la mitad de embrujo que la menos seductora de las tuyas. Y podría seguir hasta el final del artículo utilizando este modo condicional del verbo poder, para enfatizar tantas sensaciones percibidas con el goce de tu obra. Pero no. No me trae hoy al teclado la práctica lisonjera que muchos de tus admiradores ejecutarían dichosos sobre la ya expresada admiración que se rinde al sacralizado Arturo Pérez Reverte como extraordinario novelista.

He tomado el atajo de la otra cara que muestras como escritor porque quiero ser honrado conmigo mismo y, a pesar de la devoción pronunciada hacia tú ingenio, manifestar el sinsabor que provocan en mi paladar Revertino los calificativos que manejas para catalogar a personas e instituciones merecedoras de la más elemental consideración general, por la simple condición de soberanía e institucionalidad que las amparan.

Posiblemente te estarás preguntando qué porqué te tuteo. Antes de seguir te lo digo en dos palabras. Porque soy mayor que tú y porque a pesar del tratamiento campechano nunca te faltaré al respeto. Recuerda que vivo en Andalucía la baja: ya nos conoces.

Has cogido el truco. Has aprendido a buscar en el insulto fácil la lanzadera que impulse gratuitamente la vulgaridad de los reclamos que atraen la atención de la plebe. Una plebe loca por escuchar en boca de laureados académicos groserías como las que dedicaste a los diputados del Congreso aquella ocasión en la que tras el titular de “esa gentuza” te quedaste con las ganas de acercarte a alguno de ellos para “ciscarte en su puta madre”. ¡Qué bonito! En ello encuentra la plebe la mejor excusa donde ampararse para utilizar el lenguaje soez. Desde entonces, sin dejar de racionar cuarteleramente calificativos barriobajeros, vuelves a las andadas reproduciendo el léxico bajuno que impregna tú alter ego en un nuevo trabajo titulado Sobre imbéciles y malvados. Aquí ya no sólo sigues mostrando tus malas artes para difundir lo que escribes, sino que además repartes caña a diestro y siniestro satisfaciendo las vanidades de los dos bandos para poner tú decoro a salvo. “Imbéciles”, “tontas del culo”, “esbirros”, “cobardes”, “traidores”, “embusteros”, “analfabetos” y “mafia conservadora”. Por un momento me parecía estar leyendo cualquier lance aventurero de tú héroe Diego Alatriste. Más creo señor que semejantes improperios quedan a salvo en la oquedad de su faltriquera que no por mercenario, era el valiente Capitán, dado a los exabruptos y el palabrerío villano; ¡Vive Dios!

Esa Patente de Corso con que firmas tus columnas no debe facultarte para el expolio literario. Los académicos sois custodios del buen gusto por las letras y paladines de la dicción considerada: servidumbre irrenunciable de vuestro docto nombramiento. La ofensa condecorada es indigna de un escritor de tú categoría. Déjala para nosotros los burdos Arturo. Para la plebe mal educada. Ya nos encargamos de perpetuarla con nuestra cerril incultura. No manches de ordinariez la impoluta celebridad de la RAE que te acoge. Sigue deleitando la sapidez literaria de tus adeptos con las dulces sensaciones que provoca la selecta prosa de tu genuina narrativa. Ya nadie podrá colocar tres rombos a tus artículos; los malos tiempos pasaron y eso no ocurrirá. Pero tampoco provoques a la libertad de expresión mal entendida porque corres el riesgo, como te advirtió Teresa Cunillera en su momento, que cualquier día el imbécil de turno se cruce contigo por la calle y le dé también por mancillar la honesta cuna de tú señora madre.

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