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Una feminista en la cocina

Humano sí mata perro

Un presunto ha matado al perro de una niña. Según dicen porque iba a lo que iba, o sea, a hacer la puñeta

Publicado: 21/03/2023 ·
09:09
· Actualizado: 21/03/2023 · 10:11
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Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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Uno de los perros maltratados

Un presunto ha matado al perro de una niña. Según dicen porque iba a lo que iba, o sea, a hacer la puñeta. Han tenido juicio rápido que se ha saldado con 650 euros que equivalen a no sé cuántos lametones, a algunos buenos días acurrucados bajo una manta y muchos paseos conjuntos. La vida de un perro sí tiene precio cuando la evalúa un Juez, nunca cuando se ha convertido en tu compañero de vida. No sé cuánto valdrá la vida del desgraciado que lo ha matado a patadas, pero para mí nunca los 650 euros que valía el perro. Les sonará brutal que posponga a un desgraciado humano frente a un perro, pero a ese tipo de gente que no valoran más que meterse en vena muerte en barra, los veo como zombis de película apocalíptica sin papel definido en el mundo. La madre de la niña con la que iba el perro cuando lo mataron tiene miedo por su hija, pero ya le digo que este humano solo mata por conseguir lo que quiere.

El perro le estorbaba y punto. Los que transitan la vida metiéndose en los pisos de otros, incluso estando los propietarios dentro durmiendo, como ha pasado en García de Sola, tampoco son otra cosa que bestias a dos patas, nunca desfavorecidos, ni iluminados por la mala fortuna de una sociedad que les oprime y machaca. Hay muchas puertas que tocar antes de patear a un perro con la presunción del mono por bandera; Muchas consultas que hacer antes que acuchillar a un tío que se rebela por su vivienda ocupada, porque sabe que estará viéndolas venir en la puerta de los Juzgados por más de un año hasta que los desalojen. Eso con suerte. Los humanos de las series B están a la vuelta de la esquina porque se nos ha ido la olla y ahora no podemos matar ni una rata. Los que trafican -en cambio- son señorones que no se mueven de sus poltronas, apalancados en ellas, con un tornillo pasante sujetando las dos fosas nalgares inversas para que no se separen de la pieza. Hemos balanceado el péndulo tanto que los platillos de la balanza se han roto y nos hemos quedado compuestos y sin pisos, sin derechos y cubiertos de ratas porque somos más avanzados que nadie y más tontos que una lapa.

Para mí que no soy cazadora y sí carnívora, mis perros están más allá de cualquier duda. Puedo aguantar por el respeto a los Tribunales y la ley que una inquiniokupa me joda la paciencia y las buenas maneras a base de zamparse el agua y la luz y el uso legítimo de mi propiedad sin pagarme un duro, pero qué intenten patear a uno de mis perros. Ellos son de lo poco bueno que hay en la vida, la primera sonrisa al levantarme y el último “buenas noches” antes de cerrar los ojos. Solo bondad a cuatro patas y un ágil rabo como lenguaje visual que se trasmuta en cuanto me ven en mariposa ilusionada con la primavera. El humano podía haberse tragado sus propios dientes (a causa de un fenomenal traspié) cuando bajó los tres escalones que lo separaban de la calle de un solo salto, antes de cruzarse con la niña y el perro. Seguro que la cría lo hubiera ayudado, porque los que queremos a los perros- de tanto amor como nos dan- no somos malas personas.

También en vez de ser la niña la que paseaba al perro, le podía haber tocado al padre o la madre o a uno de las Fuerzas Especiales con el que medirse en valentía y estampa. Podía haberse metido puro duro y danzar con los alegres gorriones que habitan entre el cielo y la tierra, o haberse rehabilitado para gloria de todos los que deben soportarlo. Todo ello hubiera sido mucho mejor que matar a un pobre animal- que no pesaría más de cuatro kilos- a patadas. Hay que estar lleno de miseria y basura humana para tener tan mal corazón de ver llorar a una niña apaleada en su alma. Pero bueno, lo justificarán, porque al fin solo es un perro. Una mascota, creo que dice en la sentencia de los 650 euros. Que vamos, por conjeturar, si el humanoide se cae y barrena dientes y reclama a cielo y tierra, lo mismo le indemnizan con más de 650 euros. Finalmente es un humano, especie predominante y civilizada del planeta.

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