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Lunes 27/06/2022  

El Loco de la salina

Correos

Un diez para los funcionarios de Correos que hacen todo lo que pueden, pero un cero pelotero al que no arregla la máquina de los números

Publicado: 05/12/2021 ·
22:59
· Actualizado: 05/12/2021 · 23:06
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Autor

Paco Melero

Licenciado en Filología Hispánica y con un punto de locura por la Lengua Latina y su evolución hasta nuestros días.

El Loco de la salina

Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás. Albert Einstein

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Decir Correos no es incitar a que vosotros tengáis un final feliz. Se trata simplemente de la observación de una realidad infeliz que se produce cada día en La Isla. Me explico. A este loco le gusta ir a Correos a echar de vez en cuando una cartita ante las dificultades insalvables que presentan las nuevas tecnologías, que solo funcionan a base de contraseñas y líos de toda clase. He llegado a preferir esa carta entrañable y fácil en la que expreso mis sentimientos más locos.

Pues bien, el otro día fui a Correos, y nada más llegar me encuentro una cola que se alargaba hasta cerca del Puente Zuazo (más o menos). Desesperado, porque tenía prisa, y además lo mío era una simple carta, que antes se echaba en la boca de un león sin más problemas, me iba a volver al manicomio. Pero de pronto observé a una señora bien entrada en trienios, que ponía cara de contrariedad, porque no estaba para aguantar de pie mucho tiempo. Iba arrastrando un carrito de compra que la obligaba a caminar encorvada. Me dio por mirar los horarios de Correos y veo un cartelito que pone que tanto los mayores de 65 años, como los que tienen algún tipo de invalidez tienen preferencia para ser atendidos en ventanilla. Como uno tiene ya los 65 bien cumpliditos, se me ocurrió, guiándome por el cartelito, entrar acompañando a la señora y al mismo tiempo acompañándome a mí mismo para ser atendidos los dos. No se pueden ustedes figurar los murmullos que se levantaron a nuestro paso. Todos esos murmullos iban desde “hay que ver la cara que tienen algunos”, hasta otros más ásperos, como “me cago en la leche que mamaron todos los que se cuelan”. Entro y veo que no funciona el aparato que da los números, con lo que los dos, la señora y yo, entramos vendidos a nuestra suerte. Al fondo había dos invidentes. Les pregunto si los han llamado y me dicen que ahí están esperando a que uno de los que atienden en ventanilla disponga del momento oportuno. Ellos también me dicen que ya hacen oídos sordos a todas las protestas que se levantan sobre si se han colado o no. Me acerco a una de las ventanillas y me dice una señorita que tranquilo que ya nos llamarán y que tenemos preferencia. Por fin nos llaman, tanto a la señora como a mí, y nos atienden amablemente por delante de los que siguen protestando cada vez con un tono más grueso sobre la cara de cemento que teníamos. Y recordé aquellas palabras que escribió Cervantes cuando una vez lo pusieron de viejo: “Lo que no he podido dejar de sentir es que se me note de viejo…, como si hubiera estado en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí…”

Pensé que ojalá hubiera tenido 25 años, que gustosamente me hubiera puesto al final de la interminable cola. Pero me callé y no me dio el ataque, gracias a que esa mañana me había tomado las pastillas, aunque tenía que haberme subido en uno de los bancos y haberle dicho a la multitud que dirigiera las protestas a Correos por darnos un caramelo tan envenenado.

Por tanto un diez para los funcionarios de Correos que hacen todo lo que pueden, pero un cero pelotero al que no arregla la máquina de los números, y otro al que no prevé que esas situaciones no tienen por qué soportarlas los mayores ni las personas con algún tipo de deficiencia. O que quiten el cartelito de marras.

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