Notas de un lector

Una llama inextinguible

La amplia y sólida trayectoria poética de Carlos Aganzo (1963), cobra de nuevo actualidad gracias a la publicación de “La hermosura” (Libros del Aire. Madrid, 2014).

La amplia y sólida trayectoria poética de Carlos Aganzo (1963), cobra de nuevo actualidad gracias a la publicación de “La hermosura” (Libros del Aire. Madrid, 2014).
Para este volumen, el poeta madrileño ha elegido, además, un subtítulo plenamente revelador: “Veintisiete poemas con Juan de Yepes”. Tal epígrafe, adquiere esencial importancia en las palabras previas del propio Aganzo:“esta selección amplia de mis textos (…) no son poemas sin embargo dedicados `a´ o escritos `para´ el maestro. Son poemas escritos `con´ Juan de la Cruz, a zaga de su huella, sí, pero incardinados en mi manera de entender la poesía, bien distinta de la del fontivereño”.

     Concebidos durante los últimos doce años, en los cuales, el autor ha vivido en tierras castellanas, Ávila y Valladolid, buena parte de los poemas aquí recogidos fueron incluidos en anteriores poemarios (“Como si yo existiera”, 2004, “El pájaro solitario”, 2006, “Caídos ángeles”, 2008, “Las voces encendidas”, 2010, “Las flautas de los bárbaros”, 2012), y, algunos otros, son inéditos y pertenecientes a un libro en construcción: “El silencio que viene del silencio”.

Quien esto escribe, ha seguido muy de cerca la obra de Carlos Aganzo,y desde sus inicios, ha destacado el sabio uso de las tonalidades rítmicas, que viene unido a su constante indagación acerca de los límites de la realidad y la materia de la vida. Sin dejar a un lado la emoción, su decir se vertebra sobre la serenidad de un discurso que alterna reflexión y sentimiento: “En una noche oscura/ están las espadañas tiritando/ y la lengua del río sube teso arriba/ llamándome por tu nombre./ Exhausto quedó el cuerpo;/ doblado lo dejé sobre la almohada”.
Envueltos en la estética de unclasicismo actual, en la mística de un himno verbal que rebosa sinceridad, estos textos responden a un compromiso moral, a una forma de entender la poesía donde lo cotidiano y lo humanista perviven aunados. Una apuesta valiente, de la que sigue naciendo un quehacer personalísimo, con una evidente madurez expresiva: “Plantada por la mano/ del cantor de la noche,/ árbol del paraíso,/ árbol de la escritura,/ árbol carnal que es llama inextinguible (…) La lluvia de los siglos/ alimentando el sueño/ de los hombres que saben/ que su vida es del aire”.

En su prefacio, afirma Antonio Colinas que en “La hermosura” se da “un sentir y un pensar en los límites, pero sin que el autor practique escapismo alguno, manteniéndose siempre cerca de la realidad, a veces extremadamente cotidiana”.
Y de esa singular dicotomía, surge, sin duda, la poesía más sincera y liberalizadora de Carlos Aganzo, pues su mirada no se limita a contemplar de forma casual cuanto acontece en su derredor, sino que torna su conciencia en verbo solidario y profundo: “Cimas del Monte Carmelo./ Yo he seguido las huellas/ sin huella del profeta/ en este mismo espacio entre dos mundos./ Agua ardiendo entre llamas./ Monolito sin sombra./ Caverna sin paredes ni orificios/ donde vive la luz”:

     En suma, una jugosa compilación, dadora de líricas verdades, de versos corazonados y, hoy día, muy  necesarios.

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