Notas de un lector

Versos humanos y solidarios

Desde que en 1995, Enrique Barrero diera a la luz su “Colección de sonetos para un sueño”, su quehacer literario ha ido creciendo riguroso y pleno de coherencia.
Este sevillano, nacido el penúltimo día de 1969, lleva en su sangre el ardiente latido del verso. Con tan sólo 18 años, obtuvo en su ciudad natal su primer galardón, el “Gustavo Adolfo Bécquer”. Desde entonces, sus reconocimientos en muy distintos y distinguidos premios se han sucedido de manera ininterrumpida -“Florentino Pérez Embid, “Santa Teresa de Jesús”, “Fray Luis de León”, “Alcaraván”, Ateneo Jovellanos”…” a la par que su obra ha alcanzado ya los doce poemarios.



Su tarea docente como Profesor Titular de Derecho Mercantil en la Universidad de Sevilla, no le impide vivir este complejo universo poético con la pasión de quien se sabe mensajero de la palabra y la esperanza
Tiempo atrás, el escritor francés René Char, dejó escrita esta aclaratoria sentencia: “Para mí un poema no es bello, curioso, original o lo que se te ocurra. Lo que hace falta es que, al leerlo, descienda dentro de ti”. Y ese descenso esencia de la poesía más sincera, es lo que ocurre al adentrarse en el cántico de este vate andaluz, que ilumina con su palabra el misterio de la existencia. A través de la memoria -tan presente en el conjunto de sus libros- Enrique Barrero, sabe cómo abrir y abrirse camino para encontrar el brillo y la verdad que lo alumbre y lo guíe en su futuro, si bien ese camino esté tiznado de emotivas nostalgias.
Sus fórmulas versales, con claro predominio de endecasílabos y alejandrinos, provocan una dicción cuasi rodada, sucesiva, generadora de un soliloquio con el que desea clarificar la incertidumbre de sus sentimientos y recuperar la enardecida desmesura que una vez fuera compañera del alma.

Con “Los héroes derrotados” (Col. Beatrice Beckett, Madrid, 2012), ganador de la décimotercera edición del premio “Paul Beckett” de poesía, el poeta sevillano nos regala una hilera de sentidos y sinceros homenajes que quieren honrar el recuerdo de muy diferentes protagonistas de nuestra historia pasada y más reciente.
Dividido en tres apartados, el volumen es un cántico unitario, que apoyado en un verbo preciso, sugeridor, da cuenta de las muy diversas vicisitudes que hicieron que estos inolvidables personajes mantengan aún su impronta.

Desde “La tristeza de Caín” -poema que sirve de pórtico-, hasta “Epifanía. Infancia con leucemia en un diario”, que cierra la tercera sección, el lector se dejará ganar por la acordanza de un tiempo y un espacio que le acerca hasta el llanto de Príamo, a la mirada de Isaac o a la oración de Judas.
Tras un primera parte de corte más espiritual, la segunda se asienta sobre las “esbeltas sinfonías” de Ludwig van Beethoven , la “airada luz del sol” de Vincent van Gogh o la cruel orfandad de Miguel Hernández, cuya memoria se eleva luminosa en un espléndido poema: “Huérfano soy de ti, tú no lo eres/ pues no añora mi rostro tu retina./ Mi corazón es sólo mi silencio,/ quien sangra y se estremece por tu ausencia”.

El ayer doliente de mujeres como Alfonsina Storni o Marilyn Monroe, o el de una “anciana en una sala de urgencias” que pronto sabrá “… cuántos meses / le regala la vida/ como último horizonte a su cansancio”, abrochan el conjunto, del que tan sólo ya quedará una confesional coda, que bajo el título de “Última orilla”, pone punto final a un libro pleno de humanismo, emotivo y solidario: “A dónde te diriges, desnudo de ti mismo,/ sólo con la tristeza del mar entre la frente”.

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