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JEREZ | ENTREVISTA | LUIS BONONATO ?DIRECTOR DE PROYECTO HOMBRE EN LA PROVINCIA DE CÁDIZ?

?Los dos grandes perfiles que tenemos son adultos y adolescentes consumidores de cocaína?

?Los dos grandes perfiles que tenemos son adultos y adolescentes consumidores de cocaína?
Luis Bononato · E.Corrales

Alejandra Gil Navarro
12/06/2011 17:43

tras veinte años ayudando a las personas a poder superar la adicción de las drogas, Proyecto Hombre no ha menguado en su actividad, sino que, por el contrario, aumentan cada año las personas que acuden a pedir ayuda. Luis Bononato, director de Proyecto Hombre, señala que, a pesar de que las drogas han pasado a ocupar el duodécimo puesto en la escala de preocupación de la sociedad, bajando desde el tercero, en 2010 atendieron a 133 personas más que hace 10 años. También el número de jóvenes se ha multiplicado, pasando de 33 en el año 2000 a 101 en 2010.

—¿Están haciendo algo especial con motivo del aniversario?
—Hubo una celebración interna en febrero, coincidiendo con la apertura del centro, que fue el once de febrero de 1991. En mayo tuvimos una mesa redonda donde abordamos el tema de los adolescentes desde distintas perspectivas y en la que participaron un inspector de educación, un fiscal de menores y una profesional del ayuntamiento de Jerez. Ahora en octubre probablemente tengamos otra mesa redonda en Cádiz y también estamos barajando un acto más institucional.
—¿Cómo ha sido la evolución del centro en estos veinte años?
—Nosotros hemos ido evolucionando en relación a cómo ha ido cambiando la sociedad con respecto a las drogas y a las adicciones, precisamente porque es la filosofía de Proyecto Hombre: estar muy pendiente a lo que va sucediendo y, desde ahí, dar una respuesta.Entonces hemos ido trabajando en distintos programas. Al principio trabajábamos con adictos a la heroína y politoxicómanos. Ese es un perfil que aún se mantiene, pero que ha sido totalmente desbancado por adultos y adolescentes consumidores de cocaína; estos son los dos grandes grupos que tenemos. También está el tema de la prevención: pequeñas charlas o talleres que durante todo el año llevamos a centros educativos y centros penitenciarios. También está el tema de reforma juvenil: jóvenes con problemas de drogas que tienen aluna medida judicial. Esto lo estamos llevando a muchos sitios de la provincia porque desgraciadamente está aumentando el número de caso de menores.
—El número de personas que acuden a Proyecto Hombre aumenta por años, ¿a qué cree que se debe?
—Por un lado, el consumo de alcohol y otras drogas se está iniciando antes en los menores. También el hachís se está consumiendo muchísimo más, incluido los jóvenes. Esto es debido al mensaje de normalización que se da incluso en algunas series de televisión, que se toma a veces como una broma, no se le da el sitio que debe tener. Por otra parte, antes era mucho más difícil el acceso a cualquier sustancia psicotrópica, mientras que ahora es totalmente accesible para cualquier persona. De ahí que esté aumentando el consumo, aunque parezca todo lo contrario, porque el problema social de la droga ahora no es el heroinómano de la calle. Ahora hay muchos más consumidores, aunque con una vida normalizada y estamos atendiendo a muchas más personas.
—¿Por qué empieza una persona a iniciarse en las drogas, en qué momento?
—Cada persona es un mundo. Hay distintas razones como la incapacidad de decir que no. A pesar de que ahora hay más información y formación, hay una mayor cantidad de personas que entran en la droga, y es porque la presión es mayor. Un joven no tiene la capacidad de posicionarse y decir que eso no le interesa. No tiene los recursos suficientes para enfrentarse a esa presión social. Por otra parte también está el tema de la frustración. Antes, si se quería algo: un juguete o un dulce, bien porque no nos lo podíamos permitir o porque nuestros padres nos decían que no, trabajábamos el tema de la frustración. Ahora no sucede eso. Si un niño quiere algo, se le da y no trabaja ese tema. Entonces, ante una dificultad, el sentimiento de frustración no se gestiona de forma adecuada y se tapa con una adicción. También se está produciendo una falta de autoridad en el ámbito familiar, donde la figura de autoridad de los padres ha sido trasladadas a terceros, repercutiendo en que no haya comunicación y confianza y que las únicas referencias del menor sean las que encuentre en la calle.
—¿Entonces cree que es un problema de educación en el hogar?
—Nosotros ponemos mucho el acento ahí. Creemos que debe existir una alianza entre los padres y el profesorado para poder hacer un seguimiento de cómo va madurando el joven. Pero eso no se produce, sino que si el padre va al colegio es para defender al hijo y criticar al profesor, y eso se vuelve en contra de la educación de los adolescentes. Hay casos que son muy desconcertantes, porque se da en niños que tienen una situación de normalidad en casa, donde se ha visto una implicación de los padres. Pero esto es como en una tómbola: yo tengo unos boletos, y si has sido bien educado, tienes pocos, pero siempre tenemos boletos, y ahora más con toda la presión que existe. Aunque hay niños que, desgraciadamente, por las circunstancias familiares: ubicación del domicilio, marginación o drogadicción en la familia... tienen más papeletas.
—¿Ha cambiado el perfil del consumidor?
—Hay dos grandes grupos. Uno más joven, donde atendemos a niños y niñas de entre 13 y 15 años, que no son consumidores todavía o, si acaso, lo han probado. Pero el problema de este grupo radica en el mal comportamiento, fracaso escolar y los padres vienen pidiendo ayuda porque no pueden controlar la situación. Después hay otro grupo de jóvenes de unos 20 años que son consumidores de cocaína y hachís y un grupo adulto de 35 a 45 años. Estas personas, a pesar de ser consumidores, tienen una vida muy estructurada: mantienen su trabajo y sus relaciones sociales y familiares. Pero llegan a un abuso de la adicción, ya sea de la cocaína, la ludopatía o el alcohol.
—Y esas personas, ¿reconocen que tienen un problema y vienen voluntariamente?
—Los consumidores de cocaína adultos vienen más presionados por la pareja fundamentalmente, o por la empresa si hay una buena relación con el profesional. Muchas veces se le da un ultimátum y la pareja le da a elegir entre la cocaína o la relación. Entonces no es raro que este perfil venga con su pareja de la misma manera que otros perfiles vienen con los padres. Aunque también hay casos en los que ellos vienen por sí mismos.
—¿Y reaccionan bien cuando están aquí?
—Sí digamos que este perfil, cuando entra, lo tiene bastante claro, porque sabe lo que se juega el trabajo, el prestigio a nivel social, la familia, los hijos... Es un perfil distinto a otro que pueda estar más desestructurado. En estos casos no hay problema en entrar en la dinámica y en la fase primera de motivación al tratamiento. También nosotros trabajamos mucho con la familia, que tiene que acompañar a la persona que hace el programa. Nosotros pesamos que también tiene que cambiar las actitudes de la familia con la en relación con la persona que está en tratamiento.
—Y en los adolescentes, ¿es más complicado el proceso?
—Sí, porque hay que trabajar mucho con el adolescente y muchísimo más con los padres, que son los que, al final, tienen que retomar su autoridad. Los menores van a poner continuamente a prueba a sus padres, y éstos quieren que nosotros seamos los que pongamos las normas y tomemos las decisiones. Entonces nosotros trabajamos para que sean ellos los que ejecuten la autoridad.
—¿Cuánto tiempo dura el tratamiento?
—Dependiendo de cada caso y cada programa. El programa base del politoxicómano más desestructurado dura unos dos años y medio. Pero lo que es el adolescente o el adulto enganchado a la cocaína, que se llama programa de apoyo, viene a durar entre 12 o 14 meses.
—¿Y cuándo se empieza a notar un cambio en la actitud de la persona que se acoge al programa?
—En seguida, en una semana. Ten en cuenta que al principio vienen avergonzados, no te miran a los ojos, vienen cabizbajos, aunque físicamente no vienen deteriorados. Pero en una semana ya puedes notar que vienen rectos, te miran a los ojos, sienten más confianza. También la familia empieza a recuperar la confianza muy pronto, lo cual puede ser un problema, porque en seguida bajan la guardia. Pero en general se nota un cambio radical en el comportamiento: empiezan a escuchar, el respeto, hablar entre los miembros de la familia, realizar tareas en casa...
—Parece que las redes sociales están siendo bastantes problemáticas en el tema de la adicción, ¿de qué manera se está abordando desde aquí?
—Nosotros tuvimos el primer caso en 2003, cuando una chica vino diciendo que abusaba del móvil. Hemos tenido pocos casos hasta ahora. Lo que sí es cierto es que vienen personas por una adicción a sustancias, que reconocen abusar también de las nuevas tecnologías. Pero no tenemos un programa específico para esto, sino que se incorporan a los programas según su perfil: si es joven, proyecto joven y si son adultos, al de base. Hay que tener en cuenta que nosotros no trabajamos desde la adicción, sino desde la persona.
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