Notas de un lector

Aires líricos desde Pucela

Desde la capital vallisoletana, llegan a mis manos cuatro poemarios que tienen en su interior el vívido candor de quienes aman la palabra y alientan con su devoción la poesía

Desde la capital vallisoletana, llegan a mis manos cuatro poemarios que tienen en su interior el vívido candor de quienes aman la palabra y alientan con su devoción la poesía.  “A la deriva” (Editorial Azul. Valladolid, 2012), es la más reciente publicación de Araceli Sagüillo. Esta palentina, afincada hace años en tierras pucelanas, promotora cultural, narradora, y, sobre todo, poeta, tiene ya en su haber más de una decena de libros.

En esta ocasión, su verbo y su alma se rinden al fulgor del mar, a la profunda pulsión de las aguas, a ese ritmo incesante que late desde sus adentros: “Este mar ya es mi mar, en él escucho su canción y la palpo entre mis manos”, dice Araceli en su marítimo prefacio.

Una estancia -reveladora e imborrable- en la localidad alicantina de Altea, le sirve como hilo conductor para trazar un recuerdo límpido, emocionado. Hay que tener en cuenta que el origen del nombre de este lugar costero, parece provenir del griego, Altahia, o lo que es lo mismo, “yo curo”. ¿¡Y qué mejor paraje, pues, para sanar la nostalgia y avivar la memoria!?: “Recordaré este poso de alegría,/ este verano estremecido (…) Recordaré esa música en la noche,/ ese amor derramado/ ante la luna clarísima”.

Con “Treciembre existe”, -editado en el mismo sello-, Araceli Sagüillo rinde un emotivo homenaje a quien fuera su esposo, Andrés Quintanilla Buey. Excelente poeta y hombre de inmensa generosidad humana, dejó escrito en uno de sus poemas: “También treciembre existe. Y tiene días, noches,/ y campos silenciosos, y silenciosa lluvia”. Y desde esa novedosa y original atalaya temporal, la poetisa palentina -sirviéndose en cada texto de una cita del propio Andrés Quintanilla- va tejiendo delicadas estampas, líricas instantáneas, que a modo de elegíacas prosas poéticas reviven los tiempos amantes y felices que compartieron: “Cuando pregunten por ti, seré el recuerdo  el que conteste”.

Y así, sabedora de que la poesía “se esconde entre las lágrimas”, nos revive y nos emociona con el dorado acento de su cálido decir.

 Aunque nacido en Zamora, José Antonio Valle Alonso lleva años afincado también en Valladolid, donde iniciara su fecunda actividad literaria.

Ahora, da a la luz “Templo del tiempo” (Editorial Azul. 2012), un manojo de romances, que son, en palabras del propio autor, “destellos en la memoria, desandando el camino hasta llegar a la puerta mayor de los recuerdos”. La misma puerta que Valle Alonso nos abre, y por la que nos adentra en su verso latidor y firme, que recorre con el corazón abierto los territorios y protagonistas más queridos: “Es un abrazo, tu abrazo,/ primavera que me llama,/ semilla en mi campo-amor,/ flor de mi jardín temprana”.

Su verbo, se afila y se viste de galanura al invocar los nombres de Alonso Quijano, José Zorilla, Antonio Machado… y se hacen infancia y juventud al posarse sobre su paisaje natal (“¡Ay, Zamora!, yo aunque lejos/ no te olvido ni un día”) y sobre los lugares más bellos que España le ha brindado en sus viajes.

Con la misma cobertura editorial,  “El color de la fiebre” (2012), es un poemario donde “el poeta echa pie a tierra para reflexionar sobre la propia existencia”, tal y como afirma en su prefacio Santiago Redondo Vega.

Valle Alonso, detiene aquí su paso y su mirada y se pregunta por esos aspectos universalmente clásicos que se orillan junto a la fugacidad del ser humano, al cintilar amatorio y al paso inexorable de un tiempo finito: “Y porque hay un suspiro al fondo de la nada,/ y hay una voz haciéndose a la vida,/ y una señal para después y siempre,/ siempre volver y siempre en el camino”.

 Un poemario, en suma, que tiende un puente entre lo mundano y lo trascendente, con un lenguaje depurado y de alta temperatura discursiva.

 

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