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TECNOLOGÍA

La historia de Jack Tramiel

Cedida · Cedida

José Manuel Fernández García
10/05/2012 12:54

Érase una vez la historia de una persona cuyos orígenes lo hicieron endurecer hasta lo indecible. No en vano, nacer en una familia de judíos en la Polonia de la Segunda Guerra Mundial no es desde luego un matiz histórico liviano. Así, en 1939 un jovencísimo Tramiel fue trasladado por los alemanes a un gueto judío sito en el pueblo de Łódź. Es más: tuvo el cuestionable honor de llegar a ser examinado por el mismísimo Doctor Mengele cuando su familia fue enviada al campo de concentración de Auschwitz, siendo a posteriori seleccionado para trabajar junto a su padre en el campo de trabajo de Ahlem. 

No mucho antes de ser rescatado en 1945 por la 84ª División de Infantería, su padre murió en el mismísimo campo de trabajo presumiblemente de tifus… si bien Tramiel creía firmemente que fue asesinado por una criminal inyección de gasolina. Conteniendo la pena y la rabia, el joven Jack, lejos de las garras de los nazis, emigró a los Estados Unidos, donde en 1947 se unió al ejército. Aparte de poder desfogarse de todo lo sufrido con el brutal ejercicio militar, aprovechó para aprender a reparar todo tipo de material de oficinas, especializándose en trastear con máquinas de escribir. Comenzó a sentir un particular interés por este tipo de artefactos, y aprovechó todo lo aprendido para, una vez fuera del ejército, montar una oficina de reparaciones de máquinas de escribir, sirviéndose de lo poco que conseguía sacar trabajando en el taxi y, ojo al dato, en base a un préstamo que le concedía el propio ejército de los EEUU. ¿El nombre de su pequeña empresa? Commodore Portable Typewriter, destilando nuevamente cierta pasión por los asuntos militares (“comodoro” es un cargo del ejército).

Corría el año 1962 cuando Commodore abrió sus puertas al público, vendiendo máquinas de escribir de fabricación checoslovaca… hasta que Japón comenzó a vender el mismo tipo de material en los Estados Unidos, ofreciendo un producto competente y barato con el que apenas podía competir la empresa de Tramiel. En un interesante movimiento, se vendió el 17% del stock al empresario canadiense Irving Gould por una suma de cuatrocientos mil dólares, usándose este dinero para entrar en un campo sustancialmente diferente: el de las máquinas registradoras. Pero nuevamente fue Japón la que se interpuso en su nueva incursión, al entrar otra vez en América con material económico y de calidad. Fue el propio Irving el que recomendó a Tramiel el viajar al país del sol naciente en pos de aprender cómo eran capaces de superar a los americanos en sus propios mercados… y fue allí donde nuestro protagonista descubrió las primeras calculadoras digitales, maquinitas que le dejaron boquiabierto hasta el punto de olvidarse completamente de las máquinas registradoras.

Ya de vuelta, Jack Tramiel se puso manos a la obra, planificando con su equipo el cómo construir las mejores calculadoras del momento. Así, hizo tratos con la casa Bowmar para fabricar las pantallitas LED, mientras que Texas Instruments sería la responsable de desarrollar la circuitería de las máquinas. Y el público respondió de manera muy positiva, donde de forma lenta pero segura Commodore se hizo un más que interesante hueco en este campo comercial. Sin embargo, Texas Instruments decidió prescindir del factor Commodore en la ecuación, lanzando al mercado sus propias calculadoras a un precio menor. En definitiva, una jugada maestra por parte de Texas Instruments que dejó a Commodore prácticamente con lo puesto, teniendo nuevamente que entrar el magnate Irving Gould a salvar la situación, invirtiendo en Tramiel tres millones de dólares.

Esta nueva inversión sirvió para que Commodore comprara la empresa MOS Technology, una de las casas que les suministraban material para la fabricación de las calculadoras. Ya dentro del entramado de Tramiel, el antiguo jefe de diseño de MOS, Chuck Peddle, le dijo a su nuevo jefe que las calculadoras se encontraban en un callejón sin salida, de difícil evolución comercial… y que el futuro se encontraba en las computadoras, en los ordenadores personales. A Jack Tramiel, que le gustaba eso de tener la sartén por el mango, le dijo que se lo probara construyéndole una. Y así, basándose en el procesador 6502 de la propia MOS Technology, Peddle fabricó el microordenador que sería conocido con el nombre de Commodore PET (Personal Electronic Transactor), siendo presentado en el Chicago Consumer Electronics Show de 1977 y, en consecuencia, consiguiendo muchísimas precompras. Dadas sus particulares propiedades, Commodore PET se hizo un más que interesante hueco en el campo de la educación, especialmente en tierras europeas.

Pero no pasó demasiado tiempo hasta que el PET se colocó en una posición desfavorable al lado de máquinas más avanzadas, donde las continuas bajadas de precio y las parcas bondades tecnológicas de la pequeña computadora se hicieron evidentes ante Atari 800 y Apple II. Tramiel gustaba de decir “nosotros hacemos ordenadores para las masas, no para las clases”… y eso se mantuvo en la respuesta de Commodore ante el mayor potencial y colorido de los lanzamientos de Atari y Apple, llegando en la forma del modelo VIC-20 (la primera computadora en llegar a vender un millón de unidades) y, a posteriori, el mítico Commodore 64, un microordenador capaz de vender millones y millones de unidades sin despeinarse. Y es que… ¿quién no recuerda al viejo C64 y sus míticos videojuegos? ¿Y su todavía asombroso chip de sonido SID? Títulos como “The Last Ninja”, “The Great Gianna Sisters” o incluso “Maniac Mansion” son grandes representantes de uno de los ordenadores más queridos del hoy todopoderoso mundo del videojuego.

Años después, el ya máximo accionista Irving Gould y Jack Tramiel llegarían a romper sus lazos en base a las constantes discusiones que generaba la familia del segundo en el entramado Commodore, donde sus hijos ocupaban un papel importante en la empresa a pesar de que, en términos de funciones, hacían más bien poco. Así pues, Tramiel se iría de la que hasta ese momento fue su empresa (según sus propias palabras, por “estar en desacuerdo sobre los principios de cómo manejar la empresa”) para montar con su progenie Tramel Technology, con la idea de montar una nueva computadora de nueva generación. Desde ahí, su nueva compañía le compra a Warner Communications la división de consumo de Atari a precio de saldo, en base al hundimiento que sufrió el mundo de las videoconsolas halla por 1983. Es entonces cuando Tramel Technology pasa a llamarse Atari Corporation, de donde, en pos de competir con Commodore, saldrían máquinas tan dignas de reseñar como la gama de ordenadores ST o la consola de videojuegos Jaguar.

A finales de los ochenta, Tramiel decide relajar sus funciones al frente de la compañía, dejando al cargo a su hijo Sam, que pasaba a ser el presidente y CEO de Atari Corporation. Sin embargo, Sam Tramiel sufriría en 1995 un ataque al corazón, por lo que su padre tuvo que volver a tomar las riendas. Con todo, nuestro hombre decidió vender Atari un año después, siendo el fabricante de unidades de disco Jugi Tandon Storage el principal interesado. En particular, se hizo un tratado de fusión reversa, naciendo de esta unión la JTS Corporation, de la cual Jack Tramiel sería parte de la directiva. De forma paralela a todo esto, cofundaría el Museo del Holocausto, donde reuniría a supervivientes del conflicto y, de manera regular, rendiría homenaje a las víctimas.

Jack Tramiel se retiró de la convulsiva vida empresarial a Monte Sereno (California) junto a su esposa Helen. Murió el pasado 8 de abril de un ataque al corazón a la edad de 83 años, dejando, aparte de a su mujer y sus tres hijos, todo un legado de míticas máquinas que a buen seguro mantendrán viva su llama. Y es que para muchos será recordado como un auténtico tiburón de los negocios, como un hombre con pocos escrúpulos dentro de la siempre competitiva vida empresarial. Pero nombres tan grandes como Commodore 64, Vic-20 o Atari ST hablarán de buena manera por él y su extensa obra… ¡gracias, señor Tramiel! 

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