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Andalucía más que verde

Sembrando ecología política


24/01/2018 15:05 · Actualizado el 24/01/2018 15:05

Hace unas semanas participé junto con mis hijos y unas 50 personas en la repoblación de variedades autóctonas en una zona de la provincia de Huelva. Mis hijos y yo sembramos tres plantones de algarrobo, encina y pino. Hace unos días fuimos a regarlos. La lluvia escasea por la zona y sólo pensar que se secarían nos inquietó a los tres.

Cuando sembramos un árbol, ya sea a través de una semilla o de un pequeño plantón, pensamos que en poco tiempo se convertirá en un gran ejemplar. Hermoso, verde, vivo, y capaz de resistir al viento, la lluvia, el granizo, el frío, el calor o la sequía.  Lo normal es que si participamos de este tipo de actividades, plantemos muchos árboles, en distintos y diversos entornos. Entonces lo más probable es que no volvamos a saber mucho de ellos. Si esa plantación se hizo desde el respeto, con firmeza y cuidado, con el paso del tiempo esas especies se convertirán en árboles fuertes y resistentes, capaces incluso de crear a su alrededor esa vida de la que su entorno carecía. Otros árboles, arbustos, flores silvestres, pequeños animales, etc.

Así siento que es el camino de la ecología política. Ese vamos lento porque vamos lejos, tan criticado por muchos hacia los colectivos ecologistas y con el que me siento tan identificada es, bajo mi punto de vista, en estos momentos, la única respuesta responsable y posible.

Si no es así, si continuamos recurriendo a los términos cortoplacistas que imponen el sistema capitalista y los partidos políticos que se deben a las grandes empresas y la banca, que no hacen otra cosa que nutrirse de las necesidades más básicas de la gente y de los recursos naturales del planeta, estaríamos de nuevo engañando a la gente.

Por eso es hora de hacer mucha pedagogía con esta ideología, la ecología política, que muchas mujeres y hombres llevamos años, incluso décadas, ejerciendo.

El colapso será inminente, pero podemos adaptarnos a sus consecuencias para que éstas sean mínimas. El fin del petróleo y el gas, la pobreza derivada de la explotación exacerbada de los recursos naturales, las guerras por el control de los mismos y, cómo no, el cambio climático, nos dan argumentos suficientes para introducir la ecología política en todas las dimensiones de la vida. Es por ello ahora cuando tenemos que elegir entre las dos vías a tomar ante este colapso. La que hemos seguido hasta ahora, ésa en la que sólo se beneficiarían unos pocos (de hecho, unos pocos hombres –emblemas del heteropatriarcado- ricos, dueños de grandes empresas que se creen los amos del mundo y de los seres vivos que habitamos en él) a costa de la pobreza y miseria de la gente y de los recursos del planeta. O si por el contrario, elegimos el camino de la ecología política: la que siembra, la que riega poco a poco impregnándose en el sistema, la que deja que la naturaleza también aporte su granito de arena, la que no utiliza la palabra como arma y entiende el camino como uno de diálogo, consensos y reflexiones desde el conocimiento, la calma y la cooperación.

Es decir, aplicando desde ya, desde lo local a lo global, las medidas necesarias para pasar de una economía capitalista, depredadora y represiva que no tiene en cuenta los límites del planeta ni todos los seres vivos que habitamos en él, a una economía circular, ecofeminista, del bien común, de comercio justo, y me atrevo a decir que hasta decrecentista.

¿De qué sirve que introduzcamos medidas verdes a nivel educativo, sanitario, social, empresarial… si al final el sistema económico y político sigue siendo el mismo? Es entonces cuando ese árbol sembrado no crece o, si lo hace, no es con la fuerza necesaria para sobrevivir. Algo así pasaría. Por eso sigamos, continuemos sembrando en cada plataforma, en cada colectivo, en cada cooperación política, entre asociaciones y grupos ecologistas y de izquierda para empapar la vida de ecología política. Sí. Esa que muchas de nosotras no veremos totalmente implantada, crecida, impregnada, pero que si la sembramos con seguridad, la implementamos con la pedagogía y experiencias suficientes, los compañeros y compañeras de este viaje a un mundo más justo, igualitario y necesario, la verán imprescindible.

Igual es un poco presuntuoso decir que me considero una sembradora de ecología política. Soy de las que la considera más que necesaria, pero también soy consciente de que sólo la veré crecer un poquito. Cierto es que se necesita coherencia, tesón, mirada a largo plazo. Levantarse ante las adversidades que el sistema nos impone, y sobre todo creer en los proyectos con los que se construye la ecología política, basándonos en la cooperación y dejando los individualismos a un lado. Y si el árbol no lo vemos crecer nosotras, que al menos sean nuestros hijos y nietas quienes puedan estar orgullosas de que hubo una generación de hombres y mujeres luchadora que quiso dejarles como herencia una vida sana, en plena armonía con la naturaleza. Espacios de vida donde las protagonistas sean la paz y la convivencia entre los pueblos y el resto de seres del planeta. Solo así los habremos sacado del colapso más feroz y violento que podemos imaginar.

 

Laura Limón

Ecofeminista e integrante de EQUO Huelva

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